Te ha pasado que entras en un bucle donde sientes o crees que debes resolver todo, tener control de todo, sostener todo?
La verdad es que, en ese intento constante, muchas veces terminas olvidándote de ti; de parar, de descansar, de tus propias necesidades, de tu paz y de tus propios límites. Tal vez también te descubres cediendo más de lo que realmente quieres, solo para que el otro no se vaya, no se moleste o no te rechace.
O te guardas lo que estás cargando por dentro para que "todo esté en paz". Pero esa paz muchas veces tiene un costo: tú misma.
Con el tiempo he entendido algo importante:
La mayor ayuda que puedes ofrecer no siempre es intervenir, solucionar o controlar lo que ocurre alrededor. Muchas veces, lo más sano es dar espacio y no intervenir, permitiendo que cada persona y también la vida misma, atraviese su propio proceso y encuentre su manera de aprender y transformarse.
Conocer los límites de tu responsabilidad es fundamental, y también aprender a reconocer la del otro. Cada persona tiene sus propias decisiones, sus propios errores y también sus propias lecciones que aprender. Por eso, no puedes pretender ajustarte a todo para que el vínculo funcione, ni cargar con culpas que no te corresponden solo para que todo esté bien con los demás o para complacer al resto.
Pretender hacerlo todo por todos no solo es imposible. También es una forma silenciosa de desgaste que, poco a poco, termina pesando dentro de ti. Aprender a vincularte sin cargar, a amar sin salvar, a cuidar sin sobreproteger y a estar sin perderte a ti misma, también parte de la madurez emocional.
Muchas veces, el acto más sabio es confiar en que cada persona y cada proceso tiene su propio camino y permitirte soltar aquello que nunca te correspondió cargar.
PARAMAR
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